CRISTOBAL, por Andrade Jabuba

Yo soy Cristóbal y vivo en la ciudad. Vivo en casa de mis padres y no hago nada en todo el día. No tengo dinero pero tengo mucho tiempo para pensar.

Años atrás, cuando era niño, solíamos ir al pueblo a visitar a la familia. Eran todos viejos y pronto morirían. Creo que mis padres sentía por ellos lástima, como si con su muerte viniera el fin de una etapa, y tras ella el declive y el caos.

En una de esas visitas Laica, la perra de mi abuela materna, parió siete cachorros. No podía mantenerlos a todos y mi abuela los iba a ahogar vivos. Me dio pena y me quedé con una hembra. Mi abuela se rió de mí. A mis padres no les gusto nada la idea pero me la traje a la ciudad, así me haría compañía.

Era una perra pequeña y peluda. De nombre le puse Lía. Ya mi abuelo solía usar ese nombre para los animales. Lía de Rosalía, como la poetisa. Cuando mi abuelo vivía era lo único que leía. Solía leerme los poemas de Rosaĺía bajo un árbol cuando íbamos con las vacas al monte. Tengo muchos recuerdos de mi niñez.

Pasear con Lía me gusta. Camina pavoneándose por las aceras con el rabo levantado. Es muy amigable con las personas pero al resto de perros no los puede ni ver. En eso se parece mucho a mí. Cuando me mira es como si me hablara y yo le entiendo todo perfectamente. A veces se escapa y recorro toda la ciudad buscándola. Nunca la encuentro pero cuando llego a casa ella siempre está allí. Me gustaría saber que hace cuando pasea sola.

Una vez en un parque alguien se acercó a mi creo que con malas intenciones. Ese tipo se puso junto mía y se metió la mano en el bolsillo, creo que iba a sacar una navaja. Antes de que dijera una palabra Lía se abalanzó y le mordió en el brazo. El tipo marcho corriendo. Lía se quedo mirándome como queriendo decir: “menos mal que yo estoy aquí para cuidarte”.

Pasó el tiempo yo y Lía siempre estábamos juntos.

Un mal día el hermano de mi padre vino a casa. Había alquilado un pequeño almacén en las afueras de la cuidad. Él era fontanero y necesitaba un lugar donde guardar su material. Aunque mi padre y su hermano no se llevaban muy bien pero mi tío le pidió llevarse a Lía unos días para cuidar el almacén hasta que consiguiera otro perro. Solía haber muchos robos en esos almacenes. Mi padre de dijo que sí. A mi ni siquiera me preguntaron.

La primera noche si Lía fue muy dura, me sentía triste como si faltara una parte de mi. Cuando por fin conseguí dormirme desperté al rato sobresaltado en mitad de la noche. Ya no pude dormir más.

Por la mañana temprano fui a verla. Cuando llegué la puerta del almacén estaba reventada. En la puerta ataron un tridente hacia arriba y en su punta estaba clavada Lía. La mataron con una horca desde el otro lado de la puerta, ni siquiera se acercaron. Cuando llegó mi tío gritó y juró por los retretes que le habían robado. No le dije nada ni el a mí. Descolgué a Lía, la llevé al monte y la enterré. Cuando llegué a casa mi madre solo se preocupó por como limpiaría la sangre de mi ropa. Me tumbé sobre mi cama y lloré.

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